Un memorando secreto del Departamento de Defensa de Estados Unidos, recientemente filtrado, revela un giro estratégico en la política militar norteamericana, con un marcado enfoque en la contención de China como amenaza principal, en detrimento de la atención tradicional hacia otras regiones críticas como Europa, Medio Oriente y África. El documento, firmado por el actual secretario de Defensa, Pete Hegseth, plantea una reorientación significativa del poderío estadounidense hacia el Indo-Pacífico, alineando la planificación del Pentágono con las prioridades de la administración Trump y los lineamientos del think tank conservador Heritage Foundation.
El texto confidencial, titulado Interim National Defense Strategic Guidance, marca un punto de inflexión respecto a la Estrategia de Defensa Nacional de 2022 impulsada por el gobierno de Joe Biden. Mientras aquella privilegiaba las alianzas multilaterales, especialmente en el ámbito euroatlántico, la nueva orientación enfatiza una “defensa de negación” centrada en evitar una eventual invasión de Taiwán por parte de China, sugiriendo que este es el único escenario estratégico que debe guiar la arquitectura militar estadounidense.

Este cambio de enfoque, según indica el documento, implicará “asumir riesgos en otros teatros” de operación, como Europa del Este, el Golfo Pérsico y el continente africano. En concreto, se plantea reducir el despliegue de fuerzas en esas regiones y trasladar parte de la responsabilidad disuasoria a los aliados locales. En el caso europeo, se insta a la OTAN a asumir una mayor carga de defensa ante amenazas rusas, advirtiendo que EE.UU. podría no brindar apoyo sustancial en caso de una agresión convencional de Moscú.
En términos operativos, el Pentágono se enfocará en robustecer su presencia en el Pacífico a través del despliegue de submarinos, bombarderos, sistemas no tripulados y tropas especializadas, así como en la mejora de la infraestructura logística y la preposición de equipos militares. También contempla el desarrollo de capacidades ofensivas como bombas capaces de penetrar objetivos reforzados y subterráneos, en anticipación a un potencial conflicto de gran escala con China.
Uno de los aspectos más llamativos del documento es su cercanía —en algunos casos, casi literal— con un informe publicado por la Heritage Foundation en 2024. Según reveló The Washington Post, varios fragmentos del memorando son prácticamente idénticos a los contenidos en el informe del grupo conservador, que proponía tres ejes fundamentales para la defensa estadounidense: impedir la toma de Taiwán, reforzar la defensa interna, y aumentar la carga compartida con aliados y socios.
De hecho, Alexander Velez-Green, uno de los autores del informe de Heritage, actualmente ocupa un alto cargo interino en el Pentágono, lo que profundiza las sospechas de que la política de defensa está siendo moldeada activamente por los lineamientos ideológicos del think tank que también diseñó el controversial Proyecto 2025, una hoja de ruta para reformar profundamente el aparato estatal federal en un eventual segundo mandato de Trump.

El giro estratégico también implica un rol más protagónico de las Fuerzas Armadas en cuestiones tradicionalmente civiles, como la vigilancia fronteriza, la lucha contra el narcotráfico y la ejecución de deportaciones, áreas que hasta ahora eran competencia del Departamento de Seguridad Nacional. Asimismo, el documento menciona nuevas prioridades geográficas para la defensa del “extranjero cercano”, destacando puntos estratégicos como Groenlandia, el Canal de Panamá y el Cabo de Hornos.
Esta postura ha generado confusión y críticas bipartidarias en el Congreso estadounidense, donde asesores legislativos calificaron la guía como “incoherente” y difícil de traducir en una estrategia operacional clara. “Es una mezcla entre querer dominar el mundo y retirarse al mismo tiempo”, comentó en anonimato un funcionario congresual.
En el frente asiático, el documento también presiona a Taiwán para que incremente significativamente su gasto militar —incluso sugiriendo una inversión de hasta el 10% del PIB—, en una señal clara de que Washington busca compartir la carga defensiva ante una eventual agresión china. No obstante, desde Taipéi han surgido preocupaciones sobre el compromiso real de EE.UU., especialmente tras la tensa reunión de febrero entre Trump, su vicepresidente JD Vance y el presidente ucraniano Volodímir Zelenski, en la cual se habrían relativizado los compromisos internacionales previos.

En respuesta, el gobierno taiwanés anunció que elevará su inversión en defensa al 3% del PIB. Sin embargo, Pekín respondió con una demostración de fuerza mediante maniobras aéreas y marítimas en las inmediaciones de la isla, advirtiendo que cualquier provocación puede desencadenar una respuesta contundente.
La nueva directriz también contempla una expansión del arsenal nuclear estadounidense y el desarrollo de un sistema de defensa antimisiles nacional conceptualizado como “Cúpula Dorada”, evocando iniciativas similares al sistema israelí Iron Dome, pero con un enfoque continental.
El redireccionamiento estratégico evidenciado por el memorando de Hegseth no solo representa un quiebre con doctrinas anteriores, sino que también resalta una creciente alineación entre la planificación militar y las visiones geopolíticas impulsadas por sectores conservadores dentro del establishment estadounidense. En un mundo donde las amenazas se multiplican y diversifican, la apuesta por concentrar todos los recursos en un único frente plantea interrogantes sobre la sostenibilidad y eficacia del liderazgo global de Estados Unidos.
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